lunes, 25 de febrero de 2013

"Se necesita otro perfil de Papa"

El teólogo brasileño Leonardo Boff es un personaje clave para entender quién es Benedicto XVI, y qué espera el catolicismo más progresista de esta nueva etapa en la Iglesia. Porque es uno de los teóricos de la Teología de la Liberación, conoce a Joseph Ratzinger desde que estudiaba en Europa y cuando el alemán dirigió a la Congregación para la Doctrina de la Fe, hizo todo para expulsarlo, como él mismo cuenta en este reportaje. La entrevista original fue realizada por el diario conservador Folha de São Paulo pero el propio Boff, indignado por los recortes que le hicieron para publicarla, decidió subirla en su blog en forma completa.

¿Cómo recibió la renuncia de Benedicto XVI?

Yo desde el principio sentía mucha pena por él, pues por lo que conocía, especialmente de su timidez, imaginaba el esfuerzo que debería hacer para saludar al pueblo, abrazar a las personas, besar a los niños. Estaba convencido de que un día él aprovecharía alguna ocasión sensata, como los límites físicos de su salud y el menor vigor mental, para renunciar. Aunque se mostró como un papa autoritario, no estaba apegado al cargo de papa. Me sentí aliviado, porque la Iglesia está sin un líder espiritual que suscite esperanza y ánimo. Necesitamos otro perfil de papa, más pastor que profesor, no un hombre de la Iglesia-institución sino un representante de Jesús, que dijo: "Si alguien viene a mí, no le echaré fuera" (Evangelio de Juan 6,37), ya fuera un homoafectivo, una prostituta, un transexual.

¿Cómo es la personalidad de Benedicto XVI, ya que usted mantuvo cierta amistad con él?

Conocí a Benedicto XVI en mis años de doctorado en Alemania, entre 1965-1970. Oí muchas conferencias de él pero no fui alumno suyo. Él leyó mi tesis doctoral: "El lugar de la Iglesia en el mundo secularizado" y le gustó mucho, hasta el punto de buscar una editorial para publicarla, y era un ladrillo de 500 páginas. Después trabajamos juntos en la revista internacional Concilium, cuyos directores se reunían todos los años en la semana de Pentecostés en algún lugar de Europa. Yo la editaba en portugués. Esto fue entre 1975-1980. Mientras los demás hacían la siesta, él y yo paseábamos y conversábamos sobre temas de teología, sobre la fe en América Latina, especialmente sobre San Buenaventura y San Agustín, de los cuales él es especialista y a los que yo hasta hoy frecuento a menudo. Después, en 1984, nos encontramos en un momento conflictivo: él como juez mío en el proceso del ex Santo Oficio, movido contra mi libro “Iglesia: carisma y poder”. Ahí tuve que sentarme en la silla donde, entre otros, se sentaron Galileo y Giordano Bruno. Me sometió a un tiempo de "silencio obsequioso", tuve que dejar la cátedra y me fue prohibido publicar cualquier cosa. Después de esto nunca más nos volvimos a encontrar. Como persona es finísimo, tímido y extremadamente inteligente.

(...)

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